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Jorge Diezma

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"No fue la mano lo que me llevó a pintar, fue la cabeza", ha llegado a afirmar Jorge Diezma  (Madrid, 1973) para referirse los orígenes de su práctica artística.

 

Para Diezma el hecho de que la pintura sea un arte del pasado que, por alguna razón no ha llegado a desaparecer, y que mantenga una relación conflictiva con el presente, le convertían en el vehículo idóneo para plantear algunos interrogantes y reflexiones de calado sobre el mundo y los valores contemporáneos. 

 

La forma que han adoptado estas reflexiones, a lo largo de las dos últimas décadas, ha estado muy marcada por el interés del artista en la pintura barroca y sus géneros. A partir de ahí, Diezma no se recrea en la mera exhibición de lo anacrónico. Por el contrario, explora la relación de este lenguaje con los cánones aceptados y aceptables en la actualidad; con el valor que otorgamos a la dialéctica original - copia , o con la capacidad que tiene el mero acto de pintar para ofrecer gratificación personal a quien lo practica (Diezma, de hecho, nunca ha ocultado su interés por la pintura de domingo).

 

No obstante, si hay algo que ha contado con un peso muy específico en su práctica es la concepción de la pintura entendida como un territorio incierto entre la representación y la materia.

 

Precisamente este interrogante, es el que ha permitido a Jorge Diezma desarrollar simultáneamente a sus característicos bodegones y sus crípticas alegorías, al tiempo que ha pintado cuadros abstractos que, a primera vista, parecen una refutación del cuerpo  central de su obra. Esta exploración permanente sobre la naturaleza de la pintura nos ha dejado, también, copias y apuntes en miniatura, a modo de peculiares ejercicios de estilo o, más recientemente, pinturas de paisaje deudoras del fauvismo o del expresionismo. De alguna manera, para Diezma siempre hay un punto de fuga subyacente en ese terreno entre materia y representación que nos conduce, en ocasiones, al humor trágico del trampantojo; mientras que, en otros momentos, nos remite al papel de la pintura como herramienta esencial en la búsqueda de una verdad inasible.

 

Decía Signac que "el pintor anarquista no es el que pinta cuadros anarquistas sino el que, sin preocuparse de la riqueza, sin deseo de recompensa, lucha contra las convenciones oficiales burguesas mediante una contribución personal.  Esta definición podría aplicarse a la manera en la que Jorge Diezma entiende la pintura y sus valores. Unos valores que pasan por lograr una síntesis entre el componente conceptual de la práctica artística y el constante trabajo de estudio.  Es precisamente la búsqueda imposible de dicha síntesis la que hace que sus pinturas - sean estas enormes o diminutas, abstractas o figurativas - siempre nos interpelen de una manera especial y arrojen sobre nosotros aquellas preguntas incómodas que evitamos hacer a otras prácticas aparentemente más actuales. 

 

"De buenas intenciones está el infierno lleno". Descagar PDF.