ELENA BLASCO / Por alegrías / 15.09 - 12.11 / 2016

 

ELENA BLASCO / Por alegrías / 15.09 - 12.11 / 2016

 

 

TIRITITRAN TRAN TRAN

 

Las alegrías las empezaron a cantar en Cádiz mientras los franceses intentaban vencer la ciudad. Ya se sabe: con las bombas que tiran los fanfarrones se hacen las gaditanas tirabuzones. Emplea el compás de la soleá, ese cante grande y dramático, pero tiene un aire festivo. «Cantar por alegrías», aunque uno no sepa nada de flamenco, es una expresión hermosa. Ocurre, sin embargo, que suele confundirse lo festivo, lo alegre, con lo superfluo. Hay una alegría que dice «aunque pongan en tu puerta / cañones de artillería / tengo que pasar por ella / aunque me cueste la vida». Vale que no es un verso de Góngora, pero me dirán ustedes si ahí, en esos cuatro octosílabos tontos, no están resumidas la mitad de las verdades del amor.


«¿Cómo voy a hablar de estas cosas tan terribles sin color y sin humor?», me dijo Elena la única vez que hablamos. Me contó que su proceso comienza cuando se encuentra un material. La arcilla le parecía que era como una tela. Después, trabajando con ella, entendió que la idea de un Dios alfarero no era descabellada. Con las lanas, algo similar: una fascinación. «Nada es racional», me dice. «Hacer las cosas sin saber por qué es lo más interesante». También me dijo que para ella la decisión de comprar o no un material es una batalla, igual que si estuviese pintando. Una refriega de estímulos que no sabe muy bien qué pretenden. Va a ciegas, sin premeditación, y se topando con las cosas por el camino. «Yo lo acepto graciosamente».


Al color le pasa lo que a los cantes ligeros, que lo toman por frívolo. O por decorativo, esa palabra que con tanta crueldad se usa en arte. «El color es el gran desconocido del mundo». Bajo esta divisa, la obra de Elena Blasco despliega una paleta atrevida y luminosa, cuidada y precisa. Hay en todo ello algo liberador. Las cerámicas de esta exposición son una presencia amigable y hermosa, una atrayente yuxtaposición entre lo pulido y brillante y lo mullido. Hay en ellos como una naturaleza de cronopio. Son unos enseres felices con los que uno desearía convivir.


Al fin y al cabo, lo «serio» no es más que una trinchera, que exige llegar con el paso marcado para que a uno le dejen pasar. Si ha de haber algo medio revolucionario, espero que venga cargado de ironía.


Joaquín Jesús Sánchez